El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo B.

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Cuerpo y Sangre de Jesús – Ciclo B.

-6 de junio de 2021-

 

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Leccionario:  Ciclo B

 

 

Éxodo 24,3-8: Esta es la alianza del Señor
Salmo 115: Alzaré la copa de salvación, invocando el nombre del Señor
Hebreos 9,11-15: Cristo es mediador de una nueva alianza
Marcos 14,12-16.22-26: Este es mi cuerpo. Esta es mi sangre

 

Lectura del libro del Éxodo. 24,3-8

En aquellos días Moisés fue a comunicar al pueblo todas las palabras y prescripciones del Señor, y el pueblo respondió a una sola voz: “Estamos decididos a poner en práctica todas las palabras que ha dicho el Señor”. Moisés consignó por escrito las palabras del Señor, y a la mañana siguiente, bien temprano, levantó un altar al pie de la montaña y erigió doce piedras en representación de las doce tribus de Israel. Después designó a un grupo de jóvenes israelitas, y ellos ofrecieron holocaustos e inmolaron terneros al Señor, en sacrificio de comunión. Moisés tomó la mitad de la sangre, la puso en unos recipientes, y derramó la otra mitad sobre el altar. Luego tomó el documento de la alianza y lo leyó delante del pueblo, el cual exclamó: ”Estamos resueltos a poner en práctica y a obedecer todo lo que el Señor ha dicho”. Entonces Moisés tomó la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: “Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes, según lo establecido en estas cláusulas”.

Palabra de Dios.

 

SALMO    Sal 115, 12-13. 15-18

R. Alzaré la copa de la salvación e invocaré el Nombre del Señor.

¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo? Alzaré la copa de la salvación e invocaré el Nombre del Señor. R.

¡Qué penosa es para el Señor la muerte de sus amigos! Yo, Señor, soy tu servidor, tu servidor, lo mismo que mi madre: Por eso rompiste mis cadenas. R.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza, e invocaré el Nombre del Señor. Cumpliré mis votos al Señor, en presencia de todo su pueblo. R.

 

 

Lectura de la carta a los Hebreos. 9, 11-15

Hermanos: Cristo, a diferencia de los sacerdotes del culto antiguo, ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes futuros. Él, a través de una Morada más excelente y perfecta que la antigua -no construida por manos humanas, es decir, no de este mundo creado-, entró de una vez por todas en el Santuario, no por la sangre de chivos y terneros, sino por su propia sangre, obteniéndonos así una redención eterna. Porque si la sangre de chivos y toros y la ceniza de ternera, con que se rocía a los que están contaminados por el pecado, los santifica, obteniéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por obra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para permitirnos tributar culto al Dios viviente! Por eso, Cristo es mediador de una Nueva Alianza entre Dios y los hombres, a fin de que, habiendo muerto para redención de los pecados cometidos en la primera Alianza, los que son llamados reciban la herencia eterna que ha sido prometida.

Palabra de Dios.

 

SECUENCIA

 

Esta secuencia es optativa. Si se la canta o recita, puede decirse íntegra o en forma breve desde: * “Este es el pan de los ángeles”.

Glorifica, Sión, a tu Salvador, aclama con himnos y cantos a tu Jefe y tu Pastor.

Glorifícalo cuanto puedas, porque él está sobre todo elogio y nunca lo glorificarás bastante.

El motivo de alabanza que hoy se nos propone es el pan que da la vida.

El mismo pan que en la Cena Cristo entregó a los Doce, congregados como hermanos.

Alabemos ese pan con entusiasmo, alabémoslo con alegría, que resuene nuestro júbilo ferviente.

Porque hoy celebramos el día en que se renueva la institución de este sagrado banquete.

En esta mesa del nuevo Rey, la Pascua de la nueva alianza pone fin a la Pascua antigua.

El nuevo rito sustituye al viejo, las sombras se disipan ante la verdad, la luz ahuyenta las tinieblas.

Lo que Cristo hizo en la Cena, mandó que se repitiera en memoria de su amor.

Instruidos con su enseñanza, consagramos el pan y el vino para el sacrificio de la salvación.

Es verdad de fe para los cristianos que el pan se convierte en la carne, y el vino, en la sangre de Cristo.

Lo que no comprendes y no ves es atestiguado por la fe, por encima del orden natural.

Bajo la forma del pan y del vino, que son signos solamente, se ocultan preciosas realidades.

Su carne es comida, y su sangre, bebida, pero bajo cada uno de estos signos, está Cristo todo entero.

Se lo recibe íntegramente, sin que nadie pueda dividirlo ni quebrarlo ni partirlo.

Lo recibe uno, lo reciben mil, tanto estos como aquel, sin que nadie pueda consumirlo.

Es vida para unos y muerte para otros. Buenos y malos, todos lo reciben, pero con diverso resultado.

Es muerte para los pecadores y vida para los justos; mira cómo un mismo alimento tiene efectos tan contrarios.

Cuando se parte la hostia, no vaciles: Recuerda que en cada fragmento está Cristo todo entero.

La realidad permanece intacta, sólo se parten los signos, y Cristo no queda disminuido, ni en su ser ni en su medida.

* Este es el pan de los ángeles, convertido en alimento de los hombres peregrinos: Es el verdadero pan de los hijos, que no debe tirarse a los perros.

Varios signos lo anunciaron: El sacrificio de Isaac, la inmolación del Cordero pascual y el maná que comieron nuestros padres.

Jesús, buen Pastor, pan verdadero, ten piedad de nosotros: Apaciéntanos y cuídanos; permítenos contemplar los bienes eternos en la tierra de los vivientes.

Tú, que lo sabes y lo puedes todo, tú, que nos alimentas en este mundo, conviértenos en tus comensales del cielo, en tus coherederos y amigos, junto con todos los santos.

 

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos. 14, 12-16. 22-25

El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”. Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: “¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?”. Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”. Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Palabra del Señor.

 

Reflexionando juntos.

 

El relato que hemos leído presenta dos escenas bien definidas. En la primera se habla de los preparativos de la cena (vv. 12-16); y, en la segunda, de lo que sucedió durante la misma (22-26). Los preparativos, relacionados con la celebración judía de la Pascua, ocupan un lugar desproporcionalmente amplio en la narración y Marcos parece recrearse en los detalles.

A primera vista se diría que son los discípulos los que se interesan por el tema y por eso le preguntan a Jesús. Pero una lectura más atenta revela que el Maestro se les ha adelantado y parece tenerlo todo previsto: una casa en Jerusalén donde ellos son forasteros, una sala ya dispuesta en el piso superior de la misma y hasta una persona que les servirá de contacto con su dueño. De hecho los discípulos se limitan a cumplir estrictamente sus instrucciones y, al final, se encuentran todo “tal y como Jesús les había dicho” (v. 16). No son los discípulos los que le dominan sino que es él quien, al preparar la cena, se está preparando también su propia muerte.

La institución de la Eucaristía se desarrolla en un contacto lleno de tensión que hace intuir ya próximo el horizonte de la pasión. En efecto, Marcos lo sitúa muy significativamente entre tres anuncios proféticos: el de la traición de Judas (vv. 17-21), el del abandono de todos los discípulos (vv. 27-28) y el de la negación de Pedro (vv. 29-31), si bien el fragmento litúrgico que hemos leído no los incluye. Pero el dramatismo de esta escena que, aparentemente se desarrolla en la tranquila intimidad de una cena de amigos, se revela sobre todo en los gestos que realiza Jesús.

Jesús, que tantas veces había hecho de las comidas escenario privilegiado de sus enseñanzas, aprovecha una cena de despedida con sus amigos para impartir su última lección de vida. Para ello utiliza algunos elementos típicos de la cena pascual – pan y vino -, aunque modifica profundamente los gestos y las palabras previstos para ellos en la tradición israelita. Identificando el pan partido con su cuerpo y la copa de vino compartida con su sangre, Jesús está resumiendo el sentido de su vida y anticipando el significado de su muerte como entrega y donación sin límites de toda su persona. De este modo, el ritual de la vieja Pascua judía, centrada en el cordero sacrificado en el templo, se transforma en celebración de la nueva alianza entre Dios y los hombres, sellada con la sangre que Cristo derramó por todos.

 

Para escuchar la Palabra

“Hace esto en conmemoración mía” no remite sólo a repetir materialmente los gestos y las palabras de Jesús sino a reproducir sus mismas actitudes que le llevaron a entregar su vida por todos. La celebración de la Eucaristía es una celebración de la alianza y no solo un mero recuerdo del pasado. Quienes en él participamos estrechamos la comunión con Dios y entre nosotros y Dios en Cristo se une a nosotros. ¿Cómo es mi participación en la Eucaristía? ¿Qué valor le doy en mi vida cristiana? ¿Está al centro de mi vida como misterio celebrado y adorado?

Un pan que se parte y una copa de vino que se derrama es como Jesús ha querido dar a conocer su proyecto de vida. Una persona entregada, una vida para los demás. Ése es Jesús. ¿Cómo me interpelan estos signos? ¿Me siento identificado con ellos día a día? La Eucaristía podría convertirse para nosotros en un acto de culto que poco o nada tiene que ver con nuestra vida cotidiana ¿Qué significa para mí llevar una vida ‘eucarística’ que sea prolongación y expresión de lo que celebramos?

El dramatismo de la última cena no ahoga la esperanza. Al pasar el cáliz a sus discípulos, Jesús les habla de su muerte, pero también del día en el que podrá beber el vino nuevo en el Reino de Dios, ¿Cómo está alimentando la Eucaristía la esperanza en mi vida?

 

Fuente: https://www.salesianoscentroamerica.org/lectio-divina/ciclo-b/375-corpus-christi-ciclo-b